Este viaje une las dos obras maestras de Panamá: una la construyó el ingenio humano, la otra la cultiva la tierra desde hace siglos.
Empieza en la capital, donde el país se cuenta a sí mismo: un tránsito por el Canal para sentir —no solo ver— cómo un barco se eleva sobre el nivel del mar entre esclusas centenarias, y una mañana en el mercado de mariscos junto a un chef que convierte la captura del día en una mesa memorable.
Después, el Caribe. En Bocas del Toro el mapa se disuelve en islas, manglares y agua de todos los verdes posibles. En Isla San Cristóbal, la comunidad Ngäbe abre las puertas de su territorio para mostrar el cacao como lo entienden ellos: no un producto, sino una herencia. Y en Cayo Zapatilla, dos islas de arena blanca dentro de un parque nacional protegido, donde el único plan es no tener ninguno.
Del Pacífico al Caribe. De las esclusas al cacao. Panamá, de mar a mar.